Qué incluye un proyecto de identidad corporativa completa — y qué no incluye

que incluye identidad corporativa
Mucha gente cree que una identidad corporativa es simplemente un logo. O justo lo contrario: que incluye web, redes sociales y todo el universo de la marca. La realidad está en medio. Un proyecto de identidad corporativa completa sirve para construir una imagen coherente y reconocible, pero conviene tener claro qué suele incluir… y qué normalmente va aparte para evitar sorpresas.

Cuando alguien nos escribe para pedir un “branding completo” o una “identidad corporativa”, casi siempre pasa algo curioso: cada persona entiende una cosa distinta.

Hay quien piensa que hablamos simplemente de diseñar un logo. Otros piensan que eso ya incluye la web, redes sociales, plantillas, estrategia, naming y casi media empresa montada. Y claro, luego vienen los malentendidos… Por eso, cuando nos piden un presupuesto de identidad corporativa o de marca, siempre preguntamos que es lo que van a necesitar concretamente. Así evitamos confusiones.

La identidad corporativa está bastante lejos de ser solo un logo, pero tampoco significa que automáticamente vaya incluido todo lo relacionado con tu marca. Tiene un alcance concreto, aunque puede variar según el proyecto y lo que realmente necesite el negocio.

Para entendernos, una identidad corporativa es el sistema visual de una marca. O sea, todas las piezas que hacen que tu empresa tenga coherencia y personalidad cuando alguien la ve, ya sea en Instagram, en una tarjeta de visita, en un cartel o folleto o entrando en tu página web.

Porque aquí está una de las claves es que una marca no se reconoce solo por el logo. Se reconoce por cómo se presenta en conjunto, como un todo.

Piensa en esas empresas que ves y, aunque no aparezca el logo enorme ante tus ojos, sabes perfectamente quién está detrás. Ya sea por los colores y fuentes, el estilo visual, la forma de comunicar o simplemente porque todo mantiene una línea coherente.

Eso es lo que se trabaja en un proyecto de identidad corporativa.

Y sí, el logo forma parte de todo esto, tiene un gran peso pero no es lo único.

Un proyecto bien planteado suele empezar por un briefing para entender qué tiene delante el estudio. Como qué hace la empresa, público al que se dirige, cómo quiere posicionarse y qué sensación quiere transmitir. No hace falta ponerse filosóficos ni rellenar un texto pomposo pero sí tener una base clara para no diseñar algo bonito sin más.

Porque un diseño puede verse espectacular y no terminar de encajar con el negocio.

A partir de ahí ya se empieza a construir la parte visual.

Normalmente se desarrolla un logotipo principal junto con distintas versiones adaptadas a situaciones reales. Porque la vida real no es una presentación bonita, un logo tiene que funcionar en una foto de perfil minúscula, en una factura, en un cartel, en un fondo oscuro, en vertical, en horizontal y a veces incluso bordado en una camiseta.

Por eso suelen prepararse variantes, versiones simplificadas y adaptaciones para distintos formatos. No porque quede más “premium”, sino porque a posteriori evita muchos quebraderos de cabeza.

También se define una paleta de colores y aquí hay otro pequeño mito: elegir colores para una marca no va de sentarse a decir “me gusta este azul”. Los colores tienen que funcionar entre sí, verse bien tanto en digital como en impresión y, sobre todo, ser consistentes. Parece una tontería, pero una marca que cambia ligeramente de color cada vez da sensación de desorden sin que nadie sepa explicar muy bien por qué.

Lo mismo pasa con las tipografías. Elegir fuentes no es un detalle menor. Una marca transmite cosas muy distintas dependiendo de cómo se presenta visualmente. No se ve igual un despacho profesional que un estudio creativo o una marca de cosmética. Tener un sistema tipográfico claro hace que cualquier pieza mantenga cierta coherencia aunque la haga una persona distinta meses después.

En muchos proyectos también se desarrollan recursos gráficos complementarios: iconos, composiciones, patrones, formas visuales o incluso un estilo de fotografía o ilustración. Es esa parte que muchas veces pasa desapercibida, pero que acaba haciendo que una marca tenga personalidad de verdad y no parezca solo “un logo colocado encima de cosas”.

Después llega una parte bastante útil: ver cómo aterriza todo eso en materiales reales. Según el negocio, pueden diseñarse aplicaciones como tarjetas, firmas de correo, presentaciones, packaging, rotulación, redes sociales o documentación corporativa. No porque haya que hacerlo todo siempre, sino porque cada empresa necesita cosas distintas.

Por ejemplo, una cafetería no necesita lo mismo que un despacho de abogados. Y una marca digital seguramente tendrá prioridades muy diferentes a una empresa industrial.

Y luego está el famoso manual de marca, que suena mucho más serio de lo que realmente debería ser. Básicamente es una guía para que dentro de seis meses nadie empiece a improvisar. Ahí se recoge cómo usar el logo, los colores correctos, las tipografías, qué no hacer y cómo mantener cierta coherencia visual.

Tampoco hace falta un documento PDF eterno de cien páginas. Muchas veces uno corto y práctico sirve bastante más.

Ahora bien, hay algo importante que conviene dejar claro porque aquí suelen aparecer bastantes confusiones: identidad corporativa no significa “todo incluido”.

La web, por ejemplo, muchas veces va aparte. Que exista una identidad visual sólida ayuda muchísimo a diseñarla después, pero una web implica estructura, experiencia de usuario, programación, velocidad, posicionamiento, contenidos y bastantes más decisiones.

Las redes sociales tampoco suelen entrar automáticamente. Se pueden preparar plantillas o una línea visual, sí, pero gestionar contenido o llevar una estrategia es otro servicio diferente.

También pasa con el naming. Hay clientes que piensan que dentro del proyecto alguien va a encontrar el nombre perfecto para su negocio, revisar dominios y validar que todo esté libre. A veces se hace, pero no siempre forma parte de una identidad corporativa estándar.

Y lo mismo con los textos de marca o el registro legal del nombre. Son cosas relacionadas, pero distintas.

Al final, lo más importante en un proyecto de identidad corporativa no es cuánto incluye, sino que quede claro desde el principio qué se va a hacer exactamente. Porque cuando las expectativas están alineadas, el proyecto suele ir mucho mejor y nadie acaba preguntando aquello de: ah, ¿esto no entraba?.

¿Buscas a alguien que te haga el mejor diseño de identidad corporativa?
Nosotros lo hacemos.

Tu identidad corporativa desde 850€.

Otras entradas